
Introducción
Comala y Macondo: una mirada narrativa al duelo
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Así comienza uno de los viajes más enigmáticos de la literatura hispanoamericana. Juan Preciado llega a un pueblo de muertos, no sólo porque todos los personajes han fallecido, sino porque la muerte misma parece habitar el aire, las calles, las voces.
Comala y Macondo no son sólo escenarios literarios: son paisajes emocionales, metáforas del alma. En la psicoterapia narrativa, trabajamos con el duelo como una experiencia no lineal ni cerrada, sino como una historia que sigue viva. Una pérdida no se supera como quien borra una página. Se transforma, se resignifica, y a veces, se vuelve a escribir desde otro lugar.
En Comala, como en muchas historias de quienes han perdido a alguien importante, no se trata de decir adiós, sino de aprender a decir hola de nuevo. El fallecido sigue ahí, en nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras decisiones. En terapia narrativa no buscamos cerrar el vínculo con el ser querido, sino transformarlo en un vínculo internalizado, presente, significativo. Una presencia sin presencia física, pero con sentido simbólico.
Comala y Macondo: dos formas de contar el duelo
Si Macondo representa el intento desesperado por prolongar la vida, por eludir la pérdida, Comala nos invita a aceptar el murmullo del recuerdo, la persistencia del afecto, la coexistencia con el vacío. Desde esta mirada, el duelo no es una enfermedad, sino una historia que necesita ser contada hasta encontrar una forma de seguir viviendo con ella.
Cuando acompañamos a personas en duelo desde la terapia narrativa, no les pedimos que olviden. Les ayudamos a recordar con otro tono, con otra voz. A veces, el amor por los ausentes puede convertirse en brújula para los vivos.
Macondo, Comala… y el arte de decir “hola” otra vez
Una mirada narrativa al duelo y la pérdida
“La muerte no es lo contrario de la vida, sino parte de ella.” — Haruki Murakami
En Comala —ese pueblo callado de Pedro Páramo— los muertos hablan. En Macondo —el corazón de Cien años de soledad— los fantasmas caminan con nosotros, cenan, susurran recuerdos. En ambas geografías mágicas, los difuntos no se van del todo. Se quedan, como parte del tejido vital, como voces que todavía nos modelan por dentro.
¿Y si el duelo no fuera solo un proceso de despedida, sino también una forma de reencuentro? ¿Y si, como propone la terapia narrativa, no se tratara tanto de decir adiós como de aprender a decir hola otra vez?
Decir hola a los ausentes
Desde Freud hasta el modelo clásico del duelo, se nos ha dicho que “superar una pérdida” implica soltar, desvincularse, dejar ir. Sin embargo, muchas personas sienten que eso las arranca no solo de su ser querido, sino también de sí mismas. Como si, al despedirse de quien murió, se despidieran también de una parte esencial de su propia identidad.
Michael White —uno de los creadores de la terapia narrativa— propone una alternativa poderosa: “incorporar al ser querido perdido como parte viva de nuestra historia, no como un recuerdo congelado, sino como una presencia activa que sigue hablando dentro de nosotros. En lugar de preguntar “¿Cómo dejar atrás a esta persona?”, podemos preguntarnos:
Del realismo mágico a la terapia narrativa
- ¿Qué sabía de mí que yo misma he olvidado?
- ¿Qué legado dejó en mí que sigue vivo hoy?
- ¿Qué decisiones tomo, hoy, que él o ella celebraría?
Narrativas vivas y vínculos que no mueren
Como en los relatos de García Márquez o Rulfo, en los que la línea entre vivos y muertos se disuelve, la memoria puede ser una forma de relación, no solo de evocación. Recordar no es solo pensar en el pasado, sino hacer presente al otro. Esa presencia puede ser cálida, orientadora, incluso transformadora.
La terapia narrativa invita a explorar esa dimensión: no para negar la muerte, sino para resignificarla. Nos ayuda a construir una historia más rica, en la que lo que perdimos nos acompaña de nuevas maneras. No es una forma de negación, sino de creatividad afectiva.
El duelo como creación
Cada historia de pérdida es única. A veces, se necesita decir adiós a un cuerpo, a una rutina, a una promesa. Pero también —como nos muestran los mitos, la literatura y la experiencia clínica— podemos decir hola a una nueva relación con quien se ha ido: más serena, más íntima, más simbólica.
Quizás ese es el verdadero corazón del duelo sano: transformar la ausencia en presencia interna. Porque, como en Comala y Macondo, los que ya no están siguen viviendo en nuestras palabras, en nuestras decisiones, en lo que somos gracias a ellos.
¿Te gustaría hablar de tu propio proceso de duelo o explorar cómo esa relación con la persona ausente sigue viva en ti?
La muerte no es decir adiós
Podemos hacerlo juntos.
Terapia psicológica centrada en la narrativa y el vínculo con quienes ya no están.
Conclusión
Comala y Macondo no son solo paisajes literarios, sino espejos de nuestra experiencia con la pérdida.
Desde la psicoterapia narrativa, proponemos que la muerte no es el final, sino una transformación de los vínculos.
El recuerdo del ser querido, como un murmullo en Comala o un eco en Macondo, sigue vivo dentro de nosotros.
